No me importa ser "gordita"

Pues es la verdad, ¿qué quieren qué haga?

Estoy pasada de peso por unos diez kilos. La semana pasada me compré mi primer pantalón talla 10 (se me cae un poco, pero aún así). Antes tenía cuerpo de “pera” ahora soy como una “dona”.

Toda mi vida fui muy flaquita. De niña odiaba comer. Una vez -una única vez- me sirvieron un plato de frijoles en grano; un descuido de mi mamá y agarré todo el plato y lo tiré en el patio. Me han puesto un regaño, que nunca lo volví hacer. Me regañó mi papá, y mi mamá; mis tres hermanos y recuerdo claramente como mi hermana le hablaba a mis tías para contarles lo que hice; me pasaba la bocina del teléfono “tía Ena quiere hablar contigo” y ella también me regañaba.

Por supuesto nunca lo volví a hacer. La anécdota viene en el sentido de que yo odiaba comer y por lo tanto tenía la apariencia y el peso de un popote.

Llega la adolescencia y la adultez joven – los gloriosos veintes- y al ser tan flaquita yo podía comer y comer lo que quisiera y no engordaba. Pero justo ahí comenzó mi forma de alimentarme desordenada. Los cinco años que estuve en México vivía sola en un departamento un tiempo, y con una amiga otro tiempo. Ya parece que me iba a poner a cocinar mi comida balanceada y nutritiva.

Desayunaba unos cuatro cigarros; literalmente era de las personas que abría los ojos y estiraba la mano a mi buró para encender el primer cigarrito antes de levantarme de la cama. Tomaba otros cuatro o cinco cafés. Al medio día comía algo de sushi, y en la noche regresaba a los cigarros y cualquier otra cosa que se cruzara por mi camino que no implicara nada de trabajo. Por ejemplo una tortilla de harina con un poco de queso en el microondas.

Resultado: pesaba 45 kilos. Cuando me casé, pesaba un poco más: 49.

El aumento de peso y cambio más brusco vino, como tantos otros cambios, cuando nacieron mis hijos, bueno primero uno y luego el otro. Subi 16 kilos con el primer niño y solamente 8 con el segundo niño, pero no había logrado bajar los primeros 16. Y desde eso, con algunas excepciones, he sido regularmente “gordita”,

Pero no me molesta. Siento que si fuera muy flaquita como antes, se me colgarían los pellejos. Se ve horrible una señora con las pieles colgando. Además, las señoras que tenían mi edad cuando yo crecía, mi mamá,a buela y tías, eran también llenitas; por lo que en alguna parte de mi subconsciente debe ser para mi, lo correcto.

Trato muy levemente de cuidarme y trato a veces de hacer ejercicio. Pero para esto último se necesita tiempo y es un recurso del que carezco, porque no le voy a quitar tiempo a mis hijos -lo poco que los veo- para ejercitarme; y cuando ellos se duermen yo ya estoy tan cansada que no puedo dar un paso.

Sigo comiendo desordenadamente, porque no desayuno nada; trabajo de corrido así que hasta las 5 pm puedo llegar a mi casa y comer rápidamente algo porque tengo que salir a llevar a mis hijos a sus actividades; y en la noche como igual, cualquier cosa. A veces me duermo sin cenar, por el cansancio, y a las 11 o 12 de la noche bajo a la cocina y me trago unas galletas o un trozo de queso.

Veremos qué pasa cuando mis hijos se vayan de la casa, si podré hacer más ejercicio o podré ser más organizada con mis alimentos. Mientras tanto, insisto: ¡no me molesta ser “chubby”!

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