Mi hijo, el celular mojado y el cenote

Decía mi papá #pájaro Cervera que durante su vida él había pagado muy cara su bocota. Mi papá en efecto tenía una boca grande. Con ese comentario, se refería a que cuando hablaba de más, sin falta la vida o el destino o el universo le cobraban la factura de lo que había hablado. Lo decía muchísimo. “¡Otra vez!” decía, “¡pagué mi bocota!”

Asimismo, yo también, estoy pagando mi bocota. Dije y dije y requetedije que no le iba a comprar un teléfono a mi hijo. ¿Y qué es lo primero que hice? Pues ir a comprarle un teléfono. Y ayer viernes 19 de junio del 2015, pagué mi bocota.

El teléfono se lo compré para su cumpleaños el 8 de mayo. Un poco por cansancio, ya que me lo había pedido e insistido uuuffff pertinazmente. Un poco porque era el único niño del salón sin teléfono y esto pudo con mi egote. (egote – ego grande) Otro poco, porque había una oferta en Telcel que el teléfono estaba a muy buen precio y además a meses sin intereses. Total, que cedí.

El papá de Pablo nunca estuvo de acuerdo. Me dijo veinte veces que era demasiado para un niño de doce años. No le hice ningún caso.

Ayer, Pablo fue a una fiesta de fin de curso, baño de piscina. Y feliz de la vida, se echó de cabeza al agua, con su uniforme puesto… y el teléfono en el bolsillo del pantalón.

Segundos después, se da cuenta de lo que hace, se sale de la piscina como un cohete, pero es demasiado tarde. El aparato está mojado. No reacciona. Es muy delicado. Llega a la casa y se lo confiesa al papá (no a mi) Lo remojan en arroz porque eso es lo que recomienda una página de internet. Eventualmente, me lo cuenta a mi.

La consecuencia que le puse es: cederle el teléfono un mes al hermano, quien no tiene celular, por motivos largos y que no vienen al caso de contar ahora; y no puede ir a ver la película “Dragon Ball Z” que casualmente se estrenó precisamente este fin de semana y está más que desesperado por ir a ver. Ya habían planeado ir los dos hermanos y el papá a ver “Dragon Ball Z” este fin de semana.

El niño no ha parado de llorar desde que le apliqué la consecuencia. Lo único que puede salvarlo es que mañana domingo por la mañana, cuando lo retiren del arroz, si el teléfono funciona, pueden ir al cine. Pero nada lo salva de cedérselo al hermano un mes entero.

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A todo esto, cuando le estaba informando cuál serían las consecuencias de su irresponsabilidad, pasaron dos cosas.

a) el papá me restregó en la cara: “te lo dije. no se lo hubieras comprado”

b) el niño, Pablo, me dijo;  “pero a tí se te cayó el teléfono al cenote… y no pasó nada”

Con respecto al inciso (a) no me quedó más remedio que apechugar y quedarme callada ante el peso de la evidencia. Con respecto al inciso (b) pues… si pasó algo. Pasó que el dinero que había separado para comprar unas cremas, se utilizó en comprar otro teléfono.  Pero además, de cuándo acá las gallinas de abajo… a las de arriba.

Veremos que sucede mañana domingo cuando retiremos del arroz el teléfono. Mientras tanto, estoy segura de que Pablo ya entendió. Porque el pobre no ha parado de llorar. Crecer duele. ¿Qué si no?

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