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Netflix y las adicciones

Netflix llegó a México en el 2011 y a mi casa hace un par de meses. La razón por la que nos tardamos tanto en recibir a Netflix en la casa es porque me conozco que tengo una fuerte tendencia a las adicciones y sabía el peligro que corría.

Ya he comentado en este blog de cuando, a inicios de los 90, mis amigas me regalaron la televisión por cable y como resultado yo no quería salir más que lo mínimo a la calle con tal de quedarme a ver tele.

Similar me sucedió en 1987 u 88 cuando a mi sobrino Roberto le compraron un Nintendo NES, la primera versión con el primer juego de Mario Bros todo pixelado. Cualquier oportunidad que se presentaba de ir a su casa para jugarlo era sumamente aprovechada. Se organizaban las salidas a Bimbombao o Zac-Nah y yo no quería ir a ningún lado con tal de seguir intentando rescatar a la fucking princess. Era un martirio matar al “dragón” (ya sabemos que no es un dragón) y encontrar un letrero que decía “the fucking princess is in another castle” (tal vez sin la palabra fucking). Sin embargo orgullosa me siento de decir que gané todo el Mario Bros, el Duck Hunt, así como los juegos Contra, Pleasure Island y Kid Icarus.

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La razón por la que no quería tener Netflix en la casa es precisamente porque conozco mi tendencia a las adicciones electrónicas por así llamarles. En esas otras experiencias, con la tele por cable y con el nintendo, yo no tenía hijos, ni mayores obligaciones. Hoy por hoy, es más complicado que en aquel entonces. Llegan mis hijos a decirme:

–Mamá, tenemos hambre

–¡¡Agghhhh estoy viendo el documental de Whitney Houston! ¡¡coman cereal o háganse un sandwich!!

También me dicen: “mamá, tenemos que ir a la escuela. ¿nos llevas?” “¡¡Aggghhhh estoy viendo el documental de Kurt Cobain! ¡vamos rápido!”  Con todo el dolor de mi corazón le pongo pausa a lo que estoy viendo y los llevo a la escuela.

Mi vida se resume como sigue: Ir al trabajo– ver Netflix — dormir. Los fines de semana es: Ver Netflix– dormir. Se repite todo otra vez a partir del lunes.

Ayer sábado vi el documental de Whitney Houston. Se llama “Can I be Me?” Una historia muy triste para quienes la vimos nacer, crecer y morir. Una lección de cómo aquellos que lo tienen todo, no necesariamente son felices. Whitney tenía TODO: preciosa de pies a cabeza; voz increíble, pocas veces igualada, la riqueza, intensidad, complejidad de su voz; no sé si son los términos adecuados: su voz era sensacional. Vendió millones y millones de discos, logró romper records musicales, llenó conciertos. Todo eso se fue a la basura por su adicción a las drogas, que utilizaba –según el documental– desde muy jovencita y porque todo el mundo lo hacía, como algo “recreacional” y acabó siendo la causa de su muerte a la muy temprana edad de 48 años.

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Se menciona en el documental otras situaciones, por ejemplo su supuesto lesbianismo, sus papás sobre demandantes, el marido Bobby Brown medio zafado; queda bien claro que fueron las drogas las que ocasionaron no solamente su muerte sino la de su hija de 22 años Bobbi Kristina. Qué bueno que Whitney no vivió para ver a su hija morir tan joven y bonita. Un padre nunca debe enterrar a su hijo.

Volviendo a Netflix, ya tengo una lista enorme de videos, series y películas para ver… lo sabía, damn it, lo sabía… por eso no quería recibir a Netflix en la casa.

I hate videogames

Yo amo los video juegos. Cuando llegaron a mi vida, yo tenía unos 14 años y una amiga era la afortunada poseedora de un Atari. Se podían jugar Pac Man y ese de las navecitas espaciales que se iba matando hasta que alcanzaban una velocidad tal que lo mataban invariablemente a uno.

El contro remoto era negro y solamente tenía una palanca y un botón rojo. That was it.

Luego, a los 18 años, a mi sobrino le compraron el primer Nintendo con el primero juego de Mario Bros. Que estaban todos pixeleados y caminaban de lado. Brincaban para pegarle con la cabeza a unos cuadros con signos de interrogación de los que salían unas moneditas.

La gratificación instantánea era precisamente eso; gratificación instantánea. Durante meses no salí ni a la esquina con tal de ir a casa de mi hermana a jugar el dichoso juego hasta que ¡por fin! una noche, la cual recuerdo perfectamente a pesar de que han pasado casi 30 años, rescaté a la famosa princesa para que se casara con Mario.goomba

Dicen que Dios los cría y ellos se juntan y de acuerdo a esa lógica, mi marido también era bastante aficionado a los video juegos cuando lo conocí. De hecho una de las primeras cosas que compramos ya sabiendo que nos ibamos a casar fue un Nintendo 64 y muchos fines de semana en lugar de salir a socializar como la gente normal, a disfrutar una exposición o un restaurante, nos queamos encerrados jugando Mortal Kombat o Mario 64.

¿Qué podemos esperar de nuestros hijos? El olmo no da peras y mis hijos son auténticos devotos de los video juegos. Que se han convertido, ahora sí, en mis peores enemigos. (los videojuegos, no mis hijos).

Los videjuegos representan una industria de billones de dólares y mucho de ese dinero se destina en hacer de ellos un elemento adictivo ya que la adicción significa más ganancia. La gratificación instantánea es la clave de todo esto. Cada vez que mi hijo gana puntos o logra una meta o un objetivo del video juego, su cerebrito hace “click” y su única ambición en esta vida es conseguir más de esa sensación de victoria. El hecho de que sean violentos para mi es lo de menos. Mis hijos no son más agresivos debido a los juegos. Considero que mis hijos no son agresivos, punto. La preocupación, repito, para mi, es que ellos no deben entender la vida como una serie de pequeños premios obtenidos con pequeños esfuerzos porque, afortunadamente, no es así como funciona.

Mario-Bos-1_1780147iAquí viene otra situación a la que me he enfrentado desde que mis hijos asisten a la escuela. La de los otros niños que ya tienen el aparato. Mis hijos en todos los casos han sido los últimos en obtener la consola o el video juego de moda. Me he resistido lo más que he podido. Cuando ya todos o casi todos los otros niños del salón de clases ya tienen la porquería esa, me siento arrinconada y cedo.

Mis hijos solamente tienen una consola, cuando sé perfectamente que varios niños tienen dos o tres (por ejemplo, tienen Xbox y Playstation) y solamente es una para ambos, no una para cada quien.

Con todo y todo, me cae mal el haber cedido, batallo muchisimo con el tema, me la paso midiendo el tiempo que juegan la madre esa, al primer pretexto se los prohibo, juegan solamente con determinadas condiciones cumplidas, y todo eso no logra evitar que ambos estén completamente esclavizados por los malditos videojuegos.

Creo que mientras más sean mis enemigos, más los estoy haciendo ganar la batalla.